El valle de San Joaquín es desconocido para gran parte del mundo. Y muchos quieren que siga así. El lugar que se extiende por más de 377 kilómetros de longitud y 209 de anchura, y se puede llegar a él en más o menos una hora de viaje desde San Francisco, esconde una serie de abusos laborales, acoso policial y problemas ecológicos que están afectando a trabajadores formales e informales del lugar.

Según El País, el terreno es conocido por la cosecha de pasas, uvas de mesa, pistachos, tomates, frutas con hueso, fresas, ajo y col. En conjunto, los ingresos proporcionados por las cosechas del valle alcanzan los 47.000 millones de dólares anuales. Situación que no se condice por las penurias que las personas que viven en el lugar están sufriendo.}

Además, muchos ya temen que las políticas de Trump puedan afectar la economía del sector, que se ha hecho fuerte gracias al trabajo de extranjeros -muchas veces sin papeles- que viven en el lugar. Hoy en día, al menos el 80% de esos trabajadores son mexicanos sin papeles; en su mayoría indígenas de los Estados de Oaxaca, Sinaloa y Guerrero —las regiones más pobres del país— que hablan muy poco o nada de español, y mucho menos inglés. La mayor parte lleva como mínimo una década trabajando las fincas, han formado familias en el valle y viven aterrorizados al Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de Estados Unidos (ICE, por sus siglas en inglés), y la deportación inmediata o el encarcelamiento, que los apartaría de sus hijos.

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